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Tsukimi

Se traduce como «ver la luna», y se le llama así al momento del año (un estilo de festival), en la mitad del otoño en el que la luna está más grande que nunca y las personas se reúnen a mirarla.

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Desde tiempos inmemoriales, en el quinceavo día del octavo mes y el treceavo día del noveno mes del calendario japonés, cientos de miles de personas alrededor de la isla del Pacífico se reúnen para celebrar la belleza y el esplendor de la luna. En la primera luna llena de otoño y en los días subsecuentes, los hogares japoneses se visten con hierba de pampa y se inundan con el delicioso aroma de los platillos Tsukimi.

Durante las festividades, los habitantes le ofrecen al cuerpo celeste una serie de alimentos como dumplings dango Tsukimi, taro, edamame y sake para rezar por una cosecha abundante.

Esta bella tradición se remonta al Festival del Medio Otoño chino, en el que las personas se reunían a recitar poesía bajo la luz de la luna. Cuenta la leyenda que durante estos días es posible observar claramente a una manada de conejos correteándose alegremente entre la inmensidad de los cráteres lunares.

Y es que, según las viejas historias, los conejos habitan la luna desde el momento en que Buda ––reencarnado en conejo–– decidió ofrecer su carne al Rey del Cielo para alimentar a la humanidad hambrienta. Al ver la desesperación de su gente, Buda conejo y sus amigos animales partieron en el primer día de la luna llena de otoño en búsqueda de comida.

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Al final de su travesía, el pícaro mono, el astuto zorro y la alegre nutria lograron reunir plátanos, cervatillos y pescado para aliviar la hambruna. Sin embargo, el pequeño conejo solo pudo conseguir un poco de la hierba pampa que hoy decora los hogares del pueblo. Como no podía ayudar a alimentar a los habitantes, Buda ofreció su cuerpo a cambio y saltó a las llamas provistas por el Rey del Cielo, quien evitó que el fuego lo quemara.

Como agradecimiento por su sacrificio, buena voluntad y sinceridad, el rey dibujó el enorme conejo en el cielo que hoy vela las noches.

Hace más de mil quinientos años, la tradición viajó a Japón y se popularizó durante la era Edo. En estos tiempos, la aristocracia japonesa solía abordar sus barcos para disfrutar del reflejo de la luna en la superficie del agua. Y, aunque la costumbre ha modificado sus detalles a lo largo de la historia, hoy continúa siendo un momento de celebración y goce.

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