
Kogarashi
Significa «viento frío invernal» y se refiere al primer viento frío que se siente al final del otoño.
El kanji se compone de las palabras «árbol» y «secar», y expresa sutilmente el paso del tiempo y las transiciones que componen la vida.

En la sobremesa japonesa, en voz de las sabias abuelas, se escuchan susurros sobre el kogarashi, un gélido viento invernal que es capaz de apagar la llama de un nuevo amor. Por eso los enamorados pasan la transición de otoño a invierno evitando el rincón del bosque donde el kogarashi sopla más fuerte.
Cuando a las abuelas las inunda la nostalgia, no todos escuchan. Hay un momento en el que sus ojos brillan y su voz se corta. Es la señal que buscan los hombres para pararse de la mesa e ir a atender sus asuntos. Las nietas se quedan y examinan las posibilidades de que exista una fuerza de la naturaleza capaz de oponerse al sentimiento humano más puro. Las más enamoradas escuchan con cautela y, por unas semanas, organizan actividades protegidas por cuatro paredes. Otras, como Hana, miran con ojos abiertos con aparente inocencia.

Hana abre su corazón cada verano como cuando tenía 15 años y el mundo era de colores. Escribe cartas de amor, participa en innumerables citas y enamora a más de uno con su espíritu libre. Por ahí de octubre la temperatura baja y el camino a su casa se empieza a llenar de hojas secas. Ella le ruega al bosque, su gran aliado, que el viento sople. Por cada hombre que Hana aleja en aquella arboleda, brota una flor morada.
Años después, sentada en la mesa con sus nietas tomando té, Hana les aconseja que, si quieren conservar un nuevo amor, eviten la famosa esquina del bosque en la que llega el kogarashi y la ilusión muere. No es difícil de encontrar, dice, pues hay un mar de flores moradas que alertan su llegada.
