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Daisen

En el vasto paisaje de la prefectura Tottori, descansa Daisen. Este majestuoso volcán dormido se eleva en la costa del mar de Japón, que en su seno alberga el templo budista Daisen-ji, un santuario que vive en esta tierra desde el primer siglo de nuestros tiempos.

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Realmente nadie sabe con certeza cuál era el nombre del monje, pero la comunidad que lo vio pasar tantas veces cerca del río de las faldas del Daisen decidió llamarlo Eizoku. La leyenda empezaba con una aclaración importante: esta historia se narraba en múltiples idiomas, con un protagonista distinto, en tierras que también tenían un volcán dormido. Aún así, ella estaba segura de que Eizoku era el personaje principal de estos hechos porque hasta ahora no se sabe de la existencia de un templo más longevo que el nuestro.

El hombre había dejado todo atrás para adentrarse en sus prácticas espirituales. Le habían dicho que existía una especie de hombre que podía, después de algunos días de meditación, llegar a un plano en el que el dolor se desvanecía para siempre. Luego de algunos meses de aislamiento y práctica constante, Eizoku se convenció de que no era esa clase de persona; le dolía la pérdida de su vida anterior, la falta de amigos con quienes compartir lo doloroso de anhelar que el dolor se fuera. Sin embargo, creyó haber escuchado que en la cima del volcán algunos solitarios encontraban remedio. Y subió.

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Hay versiones que dicen que lo vieron subir en múltiples ocasiones, pero casi todas dicen que la primera y la última vez que se le vió subir fue cuando las hojas terminaron de caer de los árboles aquel otoño. Para mí, esta última teoría tiene mucho más sentido. El volcán lleva la totalidad de mis años sumido en un sueño profundo. Tiene sentido que haya dejado la vida en la cima porque el sueño es la posibilidad entera, y uno debe aprender de la naturaleza. Eizoku significa permanencia. 

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